Junio, 23

Podría tirarme horas y horas aquí. Delante del mar. Oyendo cómo las pequeñas olas golpean las rocas y se rinden deslizándose y deshaciéndose por el borde de éstas. Horas y horas fijándome en cómo el horizonte, en realidad, no existe. Nunca empieza y nunca acaba. Y pensando en cómo a veces la realidad se mezcla con la fantasía. Casi como en la vida misma. Que también se golpea contra las rocas…y se tropieza con piedras. Una y otra vez. Como las olas. Y se desliza y se deshace poco a poco…

Y horas y horas recorriendo caminos que suben y bajan. Mira, como los que nos ofrece la vida también. Caminitos que hasta a veces son peligrosos porque se acercan demasiado a la orilla…y abajo, el mar, que engaña al parecer profundo, en realidad no es tan manso como parece. Que, en el fondo, esconde bestias que pueden acabar contigo en cuestión de segundos. Y que por eso tienes que saber navegar por él…

Soy de andar sola. Creo que ya lo sabéis. De andar y andar con la única preocupación de que se me acaben las ganas de continuar o de que oscurezca pronto y sea demasiado tarde para volver a casa. Pero eso casi nunca pasa. Vuelvo cuando veo que el sol empieza a cansarse, al igual que los morenos ancianitos que pasan el día en la playa. Vuelvo cuando el mar empieza a parecer de plata y se mueve con suavidad, ondeándose como si intentara conquistarnos a los que le miramos. Pero él es precioso de por sí. No le hace falta mucho para conquistarme…

Y entonces me paro. Me acerco a uno de los acantilados sin miedo y me siento allí a lo alto. Y lo miro todo desde arriba. Mirar las cosas desde arriba siempre te ofrece otra perspectiva. Desde arriba todo es más chiquitito y parece más fácil. Ves otras opciones, ves otras salidas. Es más fácil trazarle un camino a la situación. En cambio, cuando estás abajo, todo agobia, la visión es limitada…por eso he aprendido que las decisiones no se pueden tomar estando ahí abajo. Sino contemplándolo todo.

Y para acabar, meto poquito a poco los pies dentro del agua. Son casi las 8. El agua no está tan fría como esperaba. Está tibia y me engulle poco a poco. Es un lugar precioso. A los lados, dos grandes rocas que me cubren de la gente y al fondo, un submarinista que busca algún tesoro. Se asoma alguna veces a la superficie y se cansa y ya se va. La orilla está llena de piedras y yo voy descalza. Me resbalo. Y sí, casi me caigo. Pero bueno, ya os había dicho que habían dos grandes rocas que me cubrían de la gente. Y entonces me tumbo a mirar el cielo. Me ciega un poco su luz. Y deseo estar siempre así. O sea, no tumbada en el agua mirando al cielo, porque acabaría como una pasa. Me refiero a estar con la mirada puesta en el cielo. Porque a veces cuesta mucho mirar arriba cuando tienes delante lo que crees que necesitas.

Y entonces suena, así sin quererlo, una de las muchas canciones que había seleccionado días antes de la lista de música de mi hermano:

 Quizá me visitó el invierno,

Y perdí mi norte,

Junto a mi deseo, lejos de tu aporte

Fijé miradas a otros pero siempre fuiste tú,

Quise ser como tú pero acabé como todos.

En mi rebeldía, tacho días que cuentan en mi black-book ruinas de ser

Soy segundo.

Miro desde mi ventana,

Carezco de la importancia

Pero mi alma refleja tu Gracia.

Mi ceguera necesita lágrimas de fe. Necesita ver.

Necesito más que esperanzas que dan a perder.

(…)

(Ariamuzic – Majesty)

Y ya oscurece.

Quizá sea hora de volver a casa.

Gabriela.

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