Agradezco

Agradezco todo lo que en 2015 pude aprender. Todo lo que me construyó por dentro, aquello que me hizo mejor, que me ayudó a crecer, que me hizo madurar. Agradezco a cada una de las personas que conocí este año, a aquellos que quisieron formar parte de mi vida y que con su presencia me hicieron aún más feliz. A aquellos que llenan de risas y sonrisas mis días…y a ti, que eres increíble.

Agradezco los días fríos con apariencia de que ya no volvería a salir el sol, porque esos, precisamente, me enseñaron que perder aquello que dabas por seguro es también una forma de aprender a valorar y crecer. Porque hemos crecido ya, atrás quedan los cuentos de tapa dura… Aprendí que a veces necesitas irte y dejar ir, porque la carga que lleva tu espalda es excesiva. Y no es fácil despedirse, pero a veces es la única manera de ser libre. No es fácil echar de menos, pero a veces es la única manera de dejar de echar de más.

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Aprendí a entender, también. Aprendí sobre el perdón, algo que nunca me costó poner en práctica pero con lo que este año me sentí desafiada. Aprendí sobre la amistad…a valorar la de verdad y a no echarle perlas a los cerdos. Y así me conocí más. Conocí mis propios límites en algunos ámbitos de mi vida, conocí hasta dónde era capaz de llegar, caer, lograr y soñar. Entendí que cualquiera puede aparecer por tu vida y romperte los esquemas, y que una no siempre está preparada para ello. Me enseñé y me enseñaron. Y por eso mi corazón se siente agradecido. Agradecido a Dios por todo aquello que me dio y me quitó…

Estoy agradecida por cada aventura con la que Dios me sorprendió este año. Por cada caminito en el que me adentré, cada lugar desconocido que pisé, cada mañana observando la belleza de su creación en algún país perdido… Agradecida también por todas las metas y sueños que ha puesto en mi corazón y toda la motivación y ganas de quererlos cumplir. Agradecida por cuánto me ama y la misericordia que me tiene. La paciencia con la que me espera y me mira. Dios es indispensable en mi vida y su amor es inmesurable hacia mí. Es maravilloso y yo nunca sabré corresponderle.

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Gracias también a todos los que me leéis siempre al subir una entrada en este blog. Que en muchas ocasiones ha sido la diana de sentimientos y sensaciones que me ahogaban o emocionaban por dentro. O la simple mezcla de historias que me contaban aquellas vidas bohemias, tristes, contentas. Gracias y mil gracias.

2016 va a ser un año increíble, estoy muy segura de ello. Estoy segura desde hace mucho tiempo… Voy a ver sueños cumplirse después de años persiguiéndolos. 2016 será un año de cerrar etapas y de abrir otras preciosas…será un año lleno de cambios y nuevas aventuras (algunas más divertidas que otras). Será un año de volver y re-aprender. Y un año de volver a irse. Voy a por ti, 2016. Esto va a ser increíble.

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Gabriela.

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Y zarpamos, capitán.

Te imagino a ti a mi lado. Sentado con las manos entrelazadas y los brazos apoyados en tu regazo. Mirándome, que a tu derecha me hallo. En esa misma postura. Callada. Mirando a la nada. Y entonces te ríes. “Menuda de la que te he librado…¿eh?” me dices. Y entonces me empiezo a reír. Se me pasa por la cabeza todo lo ocurrido en estos últimos meses y mi corazón vuelve a hacerse añicos. Y entonces entiendo, una vez más, que tus planes siempre son mejores que los míos. Y me abrazas. Mi cabeza reposa en ti y te pronuncia un “gracias”. Y te sonrío aún con lágrimas en la cara, porque no puedo entender la inmensidad de tu misericordia…todo lo que me das y no merezco. Tu perdón…y hasta tu propia vida. Y me dices que es por Amor, que no hay amor más grande que el tuyo registrado en un corazón tan humano como el nuestro. Y yo te creo. Está claro que nadie puede amar como amas tú. Porque eres tú la expresión de Amor en toda su esencia. Nada ni nadie te supera.

Ahora me dejas. Te levantas y coges la piedra. Esa piedra que tantas veces ha provocado el estanque de este río. La piedra con la que a punto estuve de construirme una casa. Y me la enseñas. Me muestras todo de ella. Lo radiante y bonita, lo hermosa e inofensiva…pero también su dureza, esa que lastima si tus dedos rozan con ella. Y la lanzas lejos. Lejos de mis ojos, de mis heridas y de tus planes. Y me coges de la mano y me dices que ya vale. Que eres tú el que ve más allá.

Ahora me regalas una armadura. Hecha a medida de mis capacidades y de todo lo que pueda soportar. Y me tranquilizas cuando me dices que “esta batalla la acabamos juntos”. Que este barco tiene nueva ruta y llegaremos a un destino tan bonito que ahora mismo ni siquiera llego a imaginar…

Y zarpamos, Capitán.

Cuatro

Se nos escurre el tiempo entre los dedos. Nuestros dedos, ese puzzle de piezas tan distintas que nunca llegaron a cuadrar. Coreografías desincronizadas y noches heladas. El frío, el silencio, los bancos, la noche. Todo. Todo vuela. El tiempo. Que se escurre entre los dedos, que ya no vuelve, que se pierde, que pasa. ¿Qué pasa? ¿No creíamos tenerlo todo controlado?

Me pregunto cuántos meses han pasado, cuántos años, cuántas experiencias, cuánta ausencia. Por aquel entonces, andábamos despreocupados por la vida; ahora llenos de responsabilidades, de trabajo, de preocupaciones, de decisiones. Llenos. Llenos de todo menos de tiempo. Que mientras tecleo sigue escurriéndose, pasando, pesando, cayendo, borrando, rompiendo. Borrando otra vez. Volvamos de nuevo, asfaltemos las calles de tierra, corramos descalzos, detrás de ningún sueño, porque aún éramos demasiado pequeños para soñar. Corramos hasta aquel momento, el que conseguí recordar a lo largo de este trayecto llamado cambio y que escribí en aquella libreta de hojas cuadradas. A aquellas tierras y a aquel verano. A aquellas fuentes de las que robábamos monedas porque éramos unos niños y no entendíamos cómo la gente quería cumplir sus deseos de ser rica, precisamente tirando su dinero. Volvamos. Aunque yo haya olvidado cómo y a dónde. Corramos, pero no por prisa, sino porque nos sentimos libres de todo lo que ahora nos ata y nos impide respirar con tranquilidad. Y si nos caemos, un par de tiritas en las rodillas y ya. Y si la bicicleta vuelca, da igual. Ese diente se tenía que caer igualmente. Era de leche. Y nosotros de seis.

Seis más seis. Y uno más uno, que nos son cuatro. Ahora el asfalto pica si vas descalzo. Ahora ya no hay tierra. Ahora todo es cambio, nuevo, diferente, extraño; aunque normal para aquel que se acostumbra. Extraño para mí porque incluso los recuerdos más bonitos se acaban difuminando. Ahora entiendo el por qué de aquel puzzle que no supe terminar…por eso encima de mi armario hay una caja vacía que aún queda por rellenar, cuando uno más uno sean cuatro.

Gabriela.

Tanto y todo.

Detrás de aquellos pequeños cristales era imposible esconder las lágrimas. Pero a pesar de todo, creo que él no me vio. Por si acaso, yo hacía como que bostezaba y así podía secarme las mejillas con disimulo. En aquel momento una llamada hubiese sido suficiente para abandonarlo todo. Pero mamá no llamó. Gracias a Dios que no llamó.

Terminó la clase. Mi primera clase como universitaria y chica medio independiente. Me acerqué al profesor un poco tímida y dispuesta a que me resolviera ciertas dudas de novata. Habían más personas a mi alrededor probablemente con las mismas dudas que yo, pero lo cierto es que no recuerdo a nadie más que a ella. Hay amistades que llegan a tu vida cuando menos te lo esperas, pero lo bonito de esta, es que llegó cuando más la necesitaba.

Aquel día comimos juntas y nos desahogamos como si nos conociéramos de toda la vida. Me explicó quién era y cuánto había vivido. Ella había vuelto a casa y yo me acababa de ir. Me sentía como un águila en versión bebé, que para aprender a volar tenía que saltar desde un barranco y que sólo tenía dos opciones, o abrir las alas o estamparse contras las rocas. Y empezar de cero, en una ciudad donde no conoces a nadie, la cual no habías pisado nunca y en la que vivirías los próximos 4 años estudiando una carrera universitaria, sólo me llevaba a imaginarme a mí estampándome contras las rocas. Sí, no podría haberme encontrado con alguien mejor en aquel entonces. Ella me entendía mejor que nadie y supo cuidarme. Hizo que volar fuera más fácil.

Han pasado tres cursos desde aquella comida y sus abrazos siguen recordándome lo privilegiada que soy por haberme encontrado a una persona como ella, llena de ganas, de vida, de aprender, de mejorar y de demostrarle al mundo el gran potencial que tiene. Sí, privilegiada por haber tenido una amiga con quien compartir mis logros y que los sintiese también suyos, y mis derrotas, y que le doliesen tanto como a mí. Privilegiada por todas esas veces que me dijo “no te preocupes, vamos juntas” y no me dejó sola, por las veces que supo entender mis malos días y me dio un abrazo. Y por ser una de las pocas personas que, dejando de ser compañera, se convirtió en amiga. Creo que nunca le había agradecido de una forma tan directa su presencia en mi vida, tampoco sé si es consciente de cuán importante ha sido su amistad para mí. Pero ahora ya sí.

Lo cierto es que nos queda poco menos de un año juntas y el tiempo vuela. Pero no importa, porque cuando alguien marca tan fuerte en una de las épocas más importantes de tu vida el recuerdo de esa persona se queda dentro de tu corazón para siempre. Pase lo que pase. Estemos donde estemos.

Gracias por tanto y todo.

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“pero ahora ya sí”

(Para O.B)

Gabriela.

Hoy estuve pensando en ti.

Hoy estuve pensando en ti. Por alguna razón volví a recordarte. Aunque ni siquiera sé si “recordarte” es la palabra correcta. Verás, no es que te olvide, sólo que no me gusta tenerte demasiado presente, por si llegar a pensarte me hace daño. Por eso apenas le hablo a los demás de ti. No porque me avergüence –porque me siento orgullosa de tu valentía – sino porque no quiero compartir los recuerdos que no tengo con nadie nada más que conmigo misma. Y porque, desafortunadamente, tampoco sabría qué decirles. Te pienso a menudo, eso sí. Y a veces imagino qué hubiera pasado si… Pero, aunque nunca lo supiste, me enseñaste algo importante, que no hay siempre una respuesta para todo y que muchas veces es necesario dejar de lado la razón para entender ciertas cosas. Así que te imagino. Imagino tu risa, la manera en que me acariciarías el pelo o me darías un abrazo los días más tristes. Te imagino calmándome en tu pecho después de haberte gritado enfadada. Me imagino cruzándome miradas cómplices contigo para tramar algunas de las nuestras. Me imagino riéndome a carcajadas a tu lado después de contarnos algún chiste malo o en su defecto, dándote una colleja y llamándote “friki”. Tumbados en el sofá viendo alguna película y hartándonos a palomitas. Aunque también te imagino pasando de mí. Queriéndome y cuidándome a tu manera. Quizá sin películas, sin abrazos y sin caricias en el pelo, pero al fin y al cabo, queriéndome. En silencio, con oraciones, apoyándome en todo lo que emprendiese, enfrentándote a todos porque tú sí creerías en mí, estoy segura. Y así te imagino. Porque sólo puedo hacer eso, imaginarte. Porque no estás, ni estuviste nunca. Y porque no estarás.

A mamá le encantaste. ¿A quién no le encanta su primogénito? Y sufrió mucho cuando tu pequeño corazón dejó de latir para siempre. Tú, tan pequeñito, con apenas unas semanas de vida, pero con toda una vida por delante, allá arriba. En el Cielo.

Gabriela.